Entrega de certificados a Consejeras en Derechos


Reyna, María, Filomena. Tres nombres y tres historias que van de la violencia doméstica al trabajo para erradicar el machismo en los barrios. Una capacitación en derechos que cambia vidas y siembra un futuro con más igualdad.

¿Cómo se cambia la realidad? No la realidad en un sentido abstracto ni general, sino esa que pisamos todos los días en la calle, en el barrio. Un sábado por la mañana en la fundación FUNDECO todas coinciden en que la pregunta no es una utopía y que tiene varias respuestas posibles y concretas. Una de ellas se vuelve real al ver sonreír a un grupo de veinte mujeres que culminó su etapa de capacitación y se convirtieron en referentes que trabajarán en sus barrios para erradicar la violencia machista. Retiro, La Boca, Barracas, Bajo Flores, Parque Chacabuco, Lugano, Soldati y Parque Patricios, son algunas de las sedes que abrirá este proyecto bautizado “Consejería en Derechos” y que se apoyará en el trabajo territorial de Barrios de Pie que ya se viene organizando en esos barrios.

FUNDECO es una fundación que trabaja desde 2016 por la igualdad de derechos junto a jóvenes, mujeres y disidencias. Es el segundo año que implementa este programa dirigido puntualmente a mujeres de barrios y organizaciones y que cuenta con el apoyo de la Defensoría del Pueblo. El equipo profesional encargado del proyecto estuvo integrado por las trabajadoras sociales Adelina Dobler y Macarena Fernández Zarlenga y la abogada Adriana Mithieux


“La idea es promover derechos de las mujeres y correr los horizontes que trazan las historias atravesadas por la violencia”, relata la directora ejecutiva de FUNDECO, Lorena Gonzalez. “Trabajamos con políticas coordinadas con el Congreso para que la fuerza de las mujeres de los barrios lleguen a ser políticas concretas.”


La ceremonia de celebración contó con la presencia de la diputada nacional por Somos y presidenta de la fundación, Victoria Donda, y fue llevada a cabo por Adelina y Adriana, quienes capacitaron a las mujeres sábado a sábado durante seis meses. También estuvo Lorena: “Después de esta etapa comienzan a abrirse las consejerías en los barrios, en todo un trabajo tutelado por el equipo profesional de FUNDECO”, sigue. Estos puntos de referencia barriales suelen funcionar en los comedores de cada territorio, donde distintos días a la semana las consejeras ofrecen la experiencia adquirida como consejeras: “Allí aprenden a cómo clasificar los casos de violencia y, sobre todo, a romper con la culpa y la victimización de quienes se acercan a contar sus experiencias de violencia”.

No estás sola

La historia de Reyna es un caso testigo de cómo las consejerías transforman cabezas y almas. “Cuando me dijeron que iba a haber una consejería, yo no entendía para qué”, confiesa. La sinceridad de Reyna permite entender el trabajo profundo de “deconstrucción y construcción” –como dice ella- que generaron las capacitaciones en las vidas de estas mujeres: “Al tercer encuentro me di cuenta que hablaban de mi vida. Una no se da cuenta que está sufriendo violencia, de lo que te está pasando”, dice. El comentario más común de la mañana tuvo que ver precisamente con una suerte de “despertar” que genera la capacitación de FUNDECO.

Conmovida y con diploma en mano, Reyna sigue: “Es muy vergonzoso decir que mi marido me pega, ¿entendés? Y es muy necesario, también”. ¿Cómo se rompe ese silencio? “Con charlas, con talleres como los de los sábados en la fundación. Muchas veces llorábamos y decíamos: qué loco que nos está pasando lo mismo. Ahora vamos puerta por puerta dejando volantes y diciendo: si estás sufriendo violencia, podés contar con nosotras”.

Queda claro que cada una de las biografías de estas mujeres de barrio, están atravesadas por distintos tipos de violencia. Y no son las instituciones las que amparan hoy sus vidas, sino las organizaciones que tejen por abajo distintas estrategias de contención y empoderamiento que permiten romper la espiral de violencia. Reyna asegura: “Hoy mi marido sabe que lo puedo denunciar y que tengo muchas amigas que me pueden ayudar. Sabe que hay cosas que no voy a volver a tolerar”.

Junto a las mujeres de su barrio ya radicaron al menos 11 denuncias. Su consejería funciona en Barracas, más precisamente en el comedor “Corazón Abierto”, pero si las mujeres no pueden acudir ahí el encuentro se concreta en alguna plaza del barrio. “Es muy lindo ver sonreír a una compañera que antes estaba llorando. Que viene, te da un abrazo te dice: gracias, ahora estoy sola, con mis hijos y trabajando”. Para Reyna, esa ayuda que trasladó al barrio significa una lección que es un viaje de ida: “No podés hacer oídos sordos nunca más”.

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Despatriarcalizando el barrio

María se recibió de consejera en 2018 y este año acompañó la capacitación de la nueva camada; ese traspaso de experiencias pudo verse en un momento de la jornada, cuando quienes ya vienen haciendo consejerías barriales alentaron a las nuevas a no abandonar el impulso. “Todas sufrimos violencia. Si no nos curamos nosotras, no podemos salir a curar”, les dirá a sus compañeras de jornada. “Acá aprendimos lo que es violencia. Y también que dar un abrazo vale mucho. El día de mañana van a decir: salvé una vida”.

Las palabras de María emocionan hasta a las piedras. Su historia también: “Yo viví en un ambiente en el que no sabía que era malo; tenía 12 años y me metía para que mi papá no le pegara a mi mamá. Me acuerdo de eso y digo: mis hijos no se lo merecen”.

Este año María se dedicó a acompañar en Retiro a distintas mujeres que se acercaron a confesarles que sufrían violencia. Si bien en muchos casos realizaron denuncias ante la Oficina de Violencia Doméstica (única sede judicial en CABA que recepciona denuncias, y por ello con larguísimas demoras de atención), María cuenta que también aprendió otras estrategias: “Es una tarea de acompañamiento, no se trata solo de denunciar, porque eso muchas veces las pone en peligro. La mujer tiene que estar decidida y no denunciar porque vos le decís. Si no quiere denunciar hay que seguir acompañando hasta que se anime o se genere otra estrategia: eso es parte de cada proceso”.

Filomena parece tímida, callada, con la cabeza gacha, pero cuando le toca hablar su voz retumba en toda la sala. Según describen varias de estas mujeres ese proceso es típico: “Al principio me daba vergüenza a hablar, pero después me di cuenta que todas tenemos algo para contar y decir”, asegura.

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Filomena cuenta que desconocía que tenía derechos y que, gracias a la capacitación, logró derribar una serie de mitos. ¿Cuáles? “Por ejemplo, el mito de que la mujer tiene que estar a merced del varón, que tiene que ser sumisa, que está hecha para la casa: está marcada una trayectoria para ser mujer. Estamos en una sociedad donde no se hacen respetar los derechos de la mujer sobre decisiones importantes. Yo soy boliviana, vengo de otro país, tengo otra educación y vengo de un ambiente donde los hombres siempre te limitan de alguna forma”.

Filomena dice que no se veía como consejera, pero ahora que lo es se dio cuenta que simplemente hablando con sus compañeras estaba ayudando: “Hice la consejería por crecimiento propio, puede ser algo egoísta mío. Pero como yo trabajo, hablo, de por si empecé a hablar con las personas que me rodean. Y dije, ¿por qué no ayudar? Si es lo que ya me sale hacer, lo que ya estoy haciendo”.

Aprender para enseñar

Los otros protagonistas de la jornada fueron los niños que acompañaron a sus madres. En carritos de bebé o correteando por el salón de juegos, participaron de un proceso que, de alguna manera, los tiene también a ellos como protagonistas: “Son trasformaciones culturales que llevan tiempo pero que se ven en las compañeras día a día”, asegura Lorena González, directora de FUNDECO. “En las maternidades tienen la posibilidad de no repetir lo que les pasó, sino de plantear crianzas libres de violencia”, asegura.

María lo cuenta desde su propia historia: “Yo viví en un ambiente que no sabía que era malo, tenía 12 años y me metía para que mi papá no le pegara a mi mamá. Me acuerdo de eso y digo: mis hijos no se lo merecen. Es violencia”.

Gracias a las capacitaciones, María aprendió a detectar esas pequeñas situaciones que hoy elige no repetir. “Te permite tener una mentalidad diferente a la antigua, que no sólo te permite cuidarte a vos, sino criar a tus hijos de otra manera. Ahora veo que muchos jóvenes valoran a las chicas: es un cambio cultural. Estamos criando otra generación con otros valores”.

A su lado, dos niños, probablemente sus hijos, abrazan las piernas de María como si percibieran que está hablando de ellos.

Celina Paz

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