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El sexto aniversario del “Ni Una Menos” nos convoca a pensar sobre su importancia y los avances, más lentos de lo que quisiéramos, en la erradicación de la violencia por motivos de género.

Lejos de haber pasado a los libros de historia o a los efímeros recuerdos de las movilizaciones esporádicas, el “Ni Una Menos” sigue permeando la vida cotidiana de millones de jóvenes, adultas y ancianas y poniendo en tensión todas las relaciones sociales, inspirando nuevas agendas de lucha y promoviendo innovadoras y horizontales formas de organización.

De la indignación a la lucha masiva

La violencia por motivos de género permea a nuestra sociedad, desde, por lo menos, la época de la Colonia. Aunque ha sido históricamente contestada y denunciada por las feministas de las primeras olas, las mujeres y disidencias tuvimos que soportar hasta el año 2012 que nuestros asesinatos sean vistos como “crímenes pasionales”. El mérito del “Ni Una Menos” fue haberle puesto un freno popular decisivo a una práctica que, aún hoy, nos quita a una persona feminizada cada 35 horas.

Masificado a través de las redes sociales y medios de comunicación, y con participación de figuras públicas, organizaciones sociales y un gran número de personas autoconvocadas, permitió un acuerdo básico entre todos los sectores: estos asesinatos no son asuntos familiares, ni personales, ni pasionales, sino que responden a una matriz patriarcal que condiciona la totalidad de nuestras vidas, y deben detenerse.

Así, la lucha contra los femicidios y trans/travesticidios dejó de entenderse como indignación individual, o espectacularización mediática –pensar, por ejemplo, en el caso de María Marta García Belsunce-, y se convirtió en un amplio programa de reivindicaciones para promover una sociedad libre de violencias en todas sus formas, entendiendo que el femicidio o trans/travesticidio es el último paso de una espiral de violencias que se gesta cotidianamente y que solo puede avanzar por la naturalización y el silencio cómplices.

De esta manera, la lucha contra la violencia de género pasó a ser ejercida como mucho más que movilizarnos cada 3 de junio: como todo cambio cultural de raíz, implicó revisar cada una de nuestras prácticas cotidianas, y abrir los ojos más que nunca para entender qué estábamos haciendo como sociedad –o qué no- que habilitara a las masculinidades hegemónicas a ejercer una cosificación tal sobre los cuerpos feminizados que los convirtiera en jueces últimos sobre su vida o su muerte.

Un Estado que no mira hacia otro lado

Como miembro del Gobierno que llevó esta problemática a las más altas esferas de la política nacional, instando a todas las instituciones a capacitar a sus trabajadores/as en cuestiones de género a través de la Ley Micaela e instituyendo un Ministerio Nacional para que las mujeres y diversidades reciban el abordaje integral que nuestra condición merece para superar la desigualdad, procuro que mi gestión en el INADI haga eco de la perspectiva de género en cada uno de sus pasos: desde la formación de equipos de trabajo hasta los programas específicos. Al respecto, quisiera repasar tres temas recientes del trabajo del INADI para que podamos seguir formándonos en materia de género y que todas las personas que sufren motivos por violencia de género sepan que no están solas.

Como se sabe, la formación es un paso indispensable para la deconstrucción de los roles e identidades que perpetran la violencia. Por eso, ya contamos con tres ediciones de la revista “Inclusive”, de gratuita descarga en www.argentina.gob.ar/inadi/revista-inclusive. Sus últimos dos números, abordan, respectivamente, los temas de “Género e interseccionalidad” y “Masculinidades y discursos de odio”.

A su vez, el INADI actúa a pedido de parte ante actos discriminatorios. El género es uno de los motivos que pueden generar acciones, omisiones o discursos que marginen a alguien por su condición de pertenencia a un grupo, y es por eso que, por caso, el año pasado intervinimos cuando un candidato a diputado de La Pampa habló de otra candidata en los siguientes términos: “al no estar casada y no tener hijos no puede organizarse una vida y mucho menos va a poder organizar una municipalidad”. Tanto la normativa nacional como la internacional castigan estos actos, y es muy importante no naturalizar expresiones donde se posiciona a un género como superior al otro, base misma del patriarcado y caldo de cultivo de la violencia de género en sus expresiones físicas.

Finalmente, el Plan Nacional contra la Discriminación 2022-2025 contemplará tanto al género como a la interseccionalidad al momento de diseñarse e implementarse, reconociendo que la discriminación pesa más sobre las espaldas de las mujeres y diversidades pobres, trabajadoras, marrones y miembros de comunidades indígenas. Para su elaboración, se tomaron en cuenta los aportes de referentes y organizaciones feministas, negras y de pueblos originarios, entre otras, para no continuar con la invisibilización de la que muchas veces fue objeto de crítica el feminismo de las primeras olas: uno que sólo representaría a mujeres blancas, de las clases medias y con altos niveles de educación formal. La Cuarta Ola feminista que inicia junto con el Ni Una Menos tiene un recorrido diferente y esperanzador: es la primera que tiene origen en un país periférico, y llegó para poner en el centro las identidades y demandas nuestras; las de las latinoamericanas, las negras, las brutas, las olvidadas de siempre.

Victoria Donda

Nota publicada en Infobae