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Después de la denuncia de su empleada doméstica, la titular del Inadi compara la violencia ejercida desde el Estado durante la Dictadura con el discurso de odio en redes sociales. Cómo se hace territorio en pandemia y qué pasó con la cocinerita del paquete de harina.

Es un mediodía de jueves, celeste en Buenos Aires y de confinamiento en todo el país. Victoria Analía Donda Pérez rodea con las manos un pocillo de café. Ni presidenta ni interventora, ella prefiere que la llamen “titular del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo”, más conocido por sus siglas, Inadi. Y aquí estamos, con las ventanas abiertas en su oficina, la del quinto piso del organismo estatal que se ocupa de recibir, gestionar y acompañar las denuncias por discriminación que cualquier habitante de la Argentina tramite en sus sedes. 

Donda descubre su boca, tan característica, para beber del pocillo. Y mientras eso sucede, en las redes sociales debaten sobre “la negrita del paquete de harina” que una marca tradicional ha decidido quitar del logo. Parte de la comunidad afro ya se ha declarado a favor, pero en la era de la masa madre y la puesta en duda de las costumbres más arraigadas, la indignación es la fiebre del día. Donda, por supuesto, es tendencia. También el organismo que dirige.

Lo mismo ocurrió en enero, cuando fue el blanco del repudio popular al filtrarse unos audios que le había enviado a su empleada doméstica. Y hace dos, cuando la acusaron de defender violadores, algo que nunca declaró, o de haber tenido una hija con un “pedófilo”. Y cinco años atrás, cuando se viralizó una foto con el actual presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. Las mujeres públicas deben asumir un costo, a veces carísimo. Y si son sexys, el pago puede venir en cuotas largas y con interés.

Antes los militares te tiraban los caballos encima. Te reprimían, te desaparecían, te asesinaban… Hoy te tiran un ejército de trolls en las redes. Son los mismos odiadores. No miro las redes sociales. Vivimos en un momento de post verdad en los que cualquier cosa que se dice en los medios o en las redes parece que es cierta. Y la verdad… Yo sobreviví a otras cosas…”, dice. Hay cuatro televisores plasma amurados a la pared. Quedaron de la gestión anterior. Rara vez Donda los enciende.

Para la titular del Inadi, las personas pobres y las racializadas son las más vulnerables y expuestas a actos discriminatorios. Cuenta que recibió al organismo “vaciado de contenido”, que la gestión anterior desarmó las delegaciones del interior del país, que el 0-800 estaba impago y que de cuatro líneas funcionaban tres porque una no contaba con aparato. “Aparato” es, ni más ni menos, un teléfono para ser atendido. Ahora apuesta al trabajo en territorio y que se conozca la nueva línea de consultas, el 168.

¿La discriminación atañe exclusivamente a las minorías?

No. Cuando hablamos de minorías y discriminación no hablamos de minorías, sino de mayorías. Cuando te quieren encerrar en una minoría es porque precisamente no quieren que veas que sos una mayoría. Porque las mayorías, en una sociedad como la nuestra, estamos en situación de algún tipo de vulnerabilidad. Hoy los más expuestos a un acto discriminatorios son los pobres y las personas racializadas.

¿Quiénes son las personas racializadas?

Aquellas que tenemos rasgos no europeos. Las personas que como yo o como vos, no somos blancas europeas. La mayoría de los y las argentinas somos personas racializadas. Como la famosa «negra argentina”. Esas somos las personas racializadas. No sé dónde vivís vos, pero yo soy del Sur del conurbano y cuando era adolescente y viajaba en tren, la policía primero paraba al morochito y después al rubio. Eso ocurre por haber naturalizado la discriminación por pobreza y por color de piel. Si sos morocho la pasas peor. Porque somos un país profundamente racista, tenemos rasgos postcoloniales tan arraigados que los desconocemos.

A propósito, el debate de hoy es sobre el cambio de imagen de la harina Blancaflor…

Sí, era una negrita con guantes blancos que lo que hacía era simbolizar a una mujer esclavizada, otra cosa que naturalizamos: hablamos de esclavos. Las personas no nacen esclavas, las esclavizaron. Bueno, teníamos a una mujer esclavizada sonriente como si la situación de esclavitud fuera una situación deseable, que te llena de alegría… ¿No?

¿Pero fue el Inadi quien pidió el cambio?

Fue una intervención. Siempre que mediamos tratamos de hacer comprender por qué no está bueno. Lo hicimos hace poco con La Flia (N. de la R.: la productora de Marcelo Tinelli) porque en Cantando 2020 hicieron un episodio en formato blackface y acompañamos la denuncia de la Diáspora Africana de la Argentina. Estamos trabajando mucho con la población afrodescendiente. De hecho creamos hace muy poco la comisión para la recuperación de la memoria histórica de los afrodescendientes argentinos. 

¿Retirar al personaje es hacer una “borradura” en la Historia?

No. Son intervenciones que se hacen para que se corrija una naturalización de la situación de esclavitud. 

elDiarioAR pudo saber que Molinos, empresa a la que pertenece la harina Blancaflor, quería hacer un “cambio de imagen” del paquete y que en un estudio de mercado surgió la inquietud sobre la mujer negra que era parte del logo. La cocinera negra de guantes blancos identificaba a la marca desde 1952: 60 años. En ese “rebranding” retiraron al personaje. Desde la empresa no quisieron atender las consultas de este medio. 

Teníamos a una mujer esclavizada sonriente en un paquete de harina como si la situación de esclavitud fuera una situación deseable

Victoria Donda. — Abogada y titular del Inadi.

En un comunicado, Molinos dijo: “La nueva imagen de Blancaflor viene llena de nuevos productos, ricos, fáciles de preparar, pero sobre todo con la invitación de toda la vida a poner las manos en la masa y animarse a lo casero”. La cocinerita fue reemplazada por jóvenes e inmaculadas manos blanquísimas. Salvo por el remate del esmalte, a simple vista parecen iguales. Las manos masculinizadas amasan pizza. Las femeninas, baten. 

Fidelidad y política: “El costo es alto, pero más caro es no hacer lo que siento”

Viki Donda nació en la ESMA y es la nieta recuperada número 78. Antes del estudio de ADN que confirmó que es hija de una pareja desaparecida durante la última dictadura cívico-militar, Donda peleaba para que los militares fueran juzgados y encarcelados. En ese entonces “hacía territorio”: revolvía una olla popular en Villa Inflamable, en Dock Sud. No supo hasta sus 26 años, en 2004, que su padre de crianza y su tío, ambos militares, eran cómplices de la Dictadura. Su historia está contada al detalle en Mi nombre es Victoria, un libro publicado por Sudamericana en 2009 y traducido a varios idiomas.

Como la fecha de su nacimiento es incierta, Donda no festeja su cumpleaños. Sí celebra en octubre, cuando se cumple un nuevo aniversario del cotejo de ADN con el Banco Nacional de Datos Genéticos. Puesto así, Donda es una adolescente de 16 años. Pero si la pregunta es cuántos años tiene el gesto es de duda. Dice: “Te digo los años de acuerdo al año en que me anotaron porque la construcción de mi identidad también tiene que ver con los años que viví de forma consciente…”. Entonces piensa un poco, baja la vista, hasta que responde: “Cuarenta y… dos voy a cumplir”.

Al tiempo que gestionaba emocionalmente su nueva identidad, pasaba por la experiencia de convertirse en una persona pública. Habitaba la contradicción de pelear por los derechos humanos siendo la hija de un torturador. Con el tiempo –y con el apoyo de amigos, compañeros de militancia, Hermanos y Abuelas de Plaza de Mayo– entendió que su identidad era lo que construía en cada decisión. Ese fue, también, su envión político.

De Barrios de pie al Movimiento Libres del Sur y de Libres del Sur al Frente para la Victoria, en 2006 asumió como concejala en Avellaneda. Al año siguiente llegó al Congreso. En 2011, se recibió de abogada en la Universidad de Buenos Aires. Fue tres veces diputada de la Nación. En ese periodo pasó por el Frente Amplio, que en 2013 se alió al radicalismo. Hizo una escala en Progresistas, otra alianza, hasta que formó Somos en 2019. Ese año dejó la banca y el presidente Alberto Fernández la nombró interventora del Inadi.

Fuiste una voz disonante durante los gobiernos kirchneristas.

Sí, muchas veces estuve en la vereda de enfrente. De algunas cosas no me arrepiento. De haberme opuesto a la designación de Milani, por ejemplo, o de no haber votado la ley antiterrorista. Sí me arrepiento de que muchas de las posiciones que yo tuve fueron usadas por la derecha para pegarle a un proyecto nacional y popular, que era lo mejor que podía pasarle a Argentina. 

De haber acompañado a Alfonso Prat Gay…

Y sí… Hoy miro para atrás y lo único que reivindico es que en esa foto salí muy bien. Salí divina. Pero lo podría haber evitado. De esas cosas sí me arrepiento. Pero también es lo que pasa cuando hacés política. Tampoco para el latigazo. Corrijo. Me equivoqué y me la cobraron. Está bien. Hacer política tiene un costo. 

¿Y qué cuesta?

Ser fiel a lo que siento tiene un costo alto, pero sería más caro no hacer lo que siento. En su discurso de renuncia, Pablo Iglesias plantea que ha sido blanco de muchos ataques en las redes sociales. Yo me pregunté muchas veces qué hubiese pasado si las Madres o mi abuela Leontina, que fue una de las fundadoras de Abuelas, hubiesen desistido cuando les tiraban los caballos encima. Y pienso en mi mamá, que se esforzó en soportar la tortura durante muchos meses para llevar adelante su embarazo, para que yo pudiera nacer. Y sobreviví. A eso sobreviví.

Nota publicada en elDiarioAr